jueves, 11 de mayo de 2017

No me llames letrasado

   Leo El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, y pienso que esta pequeña historia situada en una ciudad industrial de Georgia y publicada en 1940 me está contando, a través de una prosa deslumbrante y una gran perspicacia psicológica, la raíz de la herida del racismo en los Estados Unidos y la relación entre dos categorías de pobres, los negros y los blancos. Escucho Strange Fruit, por Billie Holiday, compuesta en 1939, y siento que en su letra, en sus notas, está contenida la lucha de los derechos civiles y se hace visible el más vergonzoso pecado americano: los linchamientos del Ku Klux Klan con el aplauso de la buena gente del sur. Veo las fotos sobre la negritud de Sally Mann, o leo sus memorias, y agradezco esa sinceridad con la que confiesa que de niña nunca se preguntó por qué la nanny se quedaba en el coche esperando mientras la familia comía en un diner. Leo Americanah, de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, y entiendo al fin por qué una africana se convierte en negra cuando pisa los Estados Unidos. Veo el documental I Am Not Your Negro, sobre el compromiso del novelista James Baldwin con la causa de los derechos civiles, y me acerco a comprender, a través del actor Samuel L. Jackson, que presta su voz a los ensayos del escritor de Harlem, qué suponía en los 50 y 60 andar por la vida con la conciencia de que tus actos serán sobreinterpretados o malinterpretados a cuenta del color de tu piel. Y de lo que ahora supone ser negro puedo hacerme una idea leyendo a un honroso heredero de Baldwin, el periodista, Ta-Nehisi Coates, con su ensayo Entre el mundo y yo.
     Literatura, música, ensayo, periodismo, fotografía, cine. ¿Cuánto hacen estas artes y estos oficios por que comprendamos mejor a nuestros semejantes, los que nos precedieron y los coetáneos? Según el Ministerio de Educación poco ya que la asignatura de Literatura Universal ha sido retirada del segundo curso de bachillerato para moverla a primero. Segundo es el curso en el que, según los expertos, los alumnos están más preparados, más maduros, para sumergirse en profundidad en las novelas que nos dan una perspectiva amplia del mundo. No importa, fuera entonces de la Selectividad. La idea de que deben prevalecer aquellas materias que tengan una relación directa con el mercado laboral cunde. La impone el ministerio pero la secundamos socialmente. En cuanto hay un estudiante con un expediente brillante se activa, con bastante frecuencia, una alianza entre orientadores, padres y profesores para que el alumno o la alumna no desperdicie sus notas en algo que es como un hobby, que no merece la pena. Aquel viejo dicho de “el que vale, vale, y el que no pa' letras” se ha actualizado: en los institutos el término “letrasado” se ha hecho tristemente popular. Y todo parte de una gran falacia que el profesor de Historia Moderna Fernando Manzano Ledesma se empeña tozudo cada año en desmontar. Porque este joven vicedecano de estudiantes y comunicación de la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo era un cerebrín en sus tiempos de instituto y también sintió la presión de los que pensaban que malgastaría su brillante expediente si se matriculaba en Historia. Hace unos años, Manzano Ledesma comenzó a dar charlas en los centros de enseñanza media de Asturias para explicar a los estudiantes cuáles eran las diferentes ramas dentro de la historia, la filología y la filosofía. Se trataba de un encuentro sumario, informativo, pero fue apreciando que lo que necesitaban aquellos estudiantes era un subidón de una autoestima que, tanto el sistema educativo como algunos compañeros, se esmeraban en que fuera lo más baja posible. Lo que transmite este profesor es que la pasión puede más que las supuestas necesidades del mercado: no hay carreras con más salidas que otras, aún menos en un mercado laboral tan enclenque; actualmente, tiene más peso una voluntad empecinada. Les habla Manzano de lo que supone para el no adocenamiento de la sociedad el espíritu crítico, del valor de la belleza y del arte. Les cuenta cómo los estudiantes de Humanidades son los más preparados para discernir dónde está la verdad y dónde el camelo y cómo serán por lógica los que pongan orden en el caótico contenido audiovisual. De hecho, cuenta, la empresa asturiana Touchvie contrata ya a licenciados en Humanidades como catalogadores de su productos en la red.
     Si el Ministerio de Educación está decidido desde hace años a borrar del mapa a los futuros pensadores y creadores, debiéramos nosotros rebelarnos, defender convencidos las materias que tan estrechamente ligadas están a nuestra libertad de pensamiento. El profesor Manzano Ledesma acaba siempre sus charlas con una cita de Baltasar Gracián: "Gastan algunos mucho estudio en averiguar las propiedades de las hierbas: ¡cuánto más importaría conocer las de los hombres, con quienes se ha de vivir o morir!". Y lo que ocurre con las personas entusiastas y trabajadoras es que desatan en ti las ganas de actuar, de convertirte en activista de aquello en lo que tan fervientemente crees.
Elvira Lindo, El país, 21 de abril de 2017

martes, 9 de mayo de 2017

Anormal

  Es el mecanismo de la desgracia, la dinámica que cultiva la desdicha en los desdichados. El niño al que pegan en el patio del colegio le quita importancia. La niña de la que se ríen porque está gorda piensa que es natural. La mujer maltratada se convence de que merece los golpes porque todo lo hace mal. El trabajador explotado cree que podría trabajar más horas, ser más productivo, y se siente culpable de su explotación. La tentación de normalizar lo anormal para ir tirando, para maquillar las cicatrices, para esquivar las crisis, produce una monstruosa espiral de sufrimiento, un círculo vicioso que acaba devorando a sus víctimas si no se corta de un tajo a tiempo. Esa es también la desgracia de España, un país que ya no puede seguir normalizando las enormidades que conocemos a diario. Hay que decirlo con claridad. Que un fiscal de Anticorrupción trapichee con sus subordinados, ofreciéndoles autorizar un registro a cambio de que renuncien a calificar a un delincuente como miembro de una organización criminal, no es normal. Que un director de periódico se ofrezca a fabricar noticias falsas contra un Gobierno autonómico para favorecer a un amigo implicado en un caso de corrupción, no es normal. Que el presidente del Gobierno de la nación sea convocado como testigo en una causa contra la financiación ilegal de su partido, no es normal. Que los responsables de las empresas públicas las utilicen de forma sistemática como patrimonio para especular y forrarse, no es normal. Ya ha pasado el tiempo de resguardarse, taparse la cabeza y esperar a que amaine el temporal. En España, hoy, sólo queda una raya y ni siquiera es roja. Es tan negra como el desprestigio de sus instituciones, un fenómeno que, desde luego, no es normal.
Almudena Grandes, El país, 24 de abril de 2017

Mosquitos

    Como mosquitos, que alegres y confiados desafían a la araña, nos intercambiamos secretos por SMS, e-mails, WhatsApp, Twitter, Facebook, blogs e Instagram con la creencia de que ese caudal de imágenes y palabras, algunas calientes y comprometidas, la mayoría estúpidas o banales, sale de estos dispositivos electrónicos y se posa aleatoriamente en una nube donde permanece preservado a nuestra exclusiva disposición. De forma ingenua la gente cree que nuestros secretos, confidencias, pensamientos y opiniones están a salvo en ese trastero celestial, puro e incontaminado, cuando en realidad esa nube es una gigantesca computadora situada bajo tierra donde la humanidad a modo de enjambre de alegres y confiados mosquitos se encuentra cada día más atrapada. En ella se almacenan todos los mensajes que emitimos con nuestros cacharros digitales y que las grandes empresas de comunicación, el poder y la policía utilizan a su conveniencia. Los secretos de nuestra vida están secuestrados y disponibles en esa telaraña, puesto que el acuerdo de confidencialidad es pura falacia. Se trata de un robo y a la vez de una amenaza en toda regla. Imagínense que en vez de bits se almacenaran en un gran depósito general nuestras cartas y documentos escritos. Habría que ser idiotas para creer que estarían allí bien guardados sin que nadie los leyera, los utilizara o revendiera. Las redes sociales se han convertido en verdaderas redes físicas, similares a las de las arañas más peligrosas que atrapan nuestros pensamientos para convertirnos en víctimas de algún depredador. Pero existe algo peor. Si dentro de mil años esa nube digital desapareciera por un cambio climático o la gran computadora universal fuera bombardeada, la humanidad sin memoria tendría que volver al neolítico, comenzar por la pintura rupestre e inventar al final el papel y el lápiz.
Manuel Vicent, El país, 30 de abril de 2017

Ballena azul


   ¡Qué juventud! Un año estos ninis obsesionados con youtubers e influencers sin profesión definida se nos quedan tontos persiguiendo monstruos de realidad virtual con Pokémon Go, otro juegan a suicidarse siguiendo una cadena de retos en Internet.
   Pues ni lo uno ni lo otro, pero resulta que los titulares sobre “millennials idiotas” gustan mucho cuando la juventud queda atrás. A los más jóvenes no les contamos el secreto que conocemos los mayores: la tontería no siempre se pasa con la edad.
    La semana pasada asistimos a la última gran racha de “los jóvenes están tontos” gracias a Ballena Azul, el supuesto juego de pruebas que llevaría a autolesionarse o incluso induciría al suicido. Una burbuja sin datos verificados y cuya difusión recuerda a las leyendas urbanas, basada en un enredo a partir de un reportaje en Rusia por el que dos periodistas fueron sancionados por mala praxis. La hospitalización en Psiquiatría de una menor en Cataluña desató las alarmas mediáticas. Pero ocurre que cuando se habla de fenómenos de Internet no siempre se investiga lo suficiente. A cualquier cosa se le llama moda.
    Si nos queremos preocupar de suicidios de jóvenes, cosa seria, centrémonos en los datos. En el teléfono de ayuda a niños y adolescentes en riesgo de la Fundación ANAR reciben más de mil llamadas al día. La mitad de denuncias por acoso son de niños entre 11 y 13 años. Desgraciadamente, cada cierto tiempo escuchamos a padres de adolescentes que se suicidaron por acoso escolar reclamar que sus hijos sean las últimas víctimas. Violencia y bullying son las verdaderas ballenas azules.
 Lucía González, El país, 3 de mayo de 2017

NOTA DEL PROFE. LEER ANTES DE LANZARSE A COMENTAR.

La columna se puede leer en este enlace. Y la autora plantea que todo apunta a que el presunto juego de "la ballena azul" es una leyenda urbana, es decir, que no es algo real. O, al menos, que no se ha investigado lo suficiente y se ha aceptado todo sin contrastar la información. Hasta la fecha (15 de mayo) ninguno de los comentarios mandados ha interpretado correctamente esta parte del texto, que es fundamental para poder comentarlo: el tema del texto no es tanto la ballena azul como los bulos de internet; el auténtico drama es el bullying, no la ballena azul.

Dulces 16

A diario, ni te enteras. Bastante tienes con llegar viva a tu propia meta. Vuelves a casa para la cena después de haberla llamado mil veces sin respuesta y haber rezado para que todo esté en orden, por muy caótico que sea. Compruebas que está entera. Confirmas que parece o muy contenta o muy de morros, como suele. Verificas, sobre todo, que no está más triste de lo ordinario, alarma de alarmas, y das gracias a los dioses por haber superado la prueba hasta mañana. En cuanto pasas más tiempo cerca te topas, sin embargo, con una extraña en casa. Tu propia hija adolescente. La que se hace un ovillo para que ni le hables ni la mires mientras tú le bramas que qué le pasa y ella te ladra que no le pasa nada, “mamá, chaval, pesada”. La que se te cuelga del cuello deshecha en llanto porque sus amigas han intimado de más en Snapchat y ella se ha sentido “lo puto peor, mamá, chico”. La que te confiesa que igual tiene ganas de llorar que de reír y que no se aguanta del pavo que tiene encima, “te lo juro, mamá, tío”.
Lo de toda la vida, pero distinto, porque su mundo y el nuestro ya no es el mismo. Me río yo de los expertos que nos sermonean sobre cómo supervisar a nuestros hijos. Nos contentamos con saber, presuntamente, con quién andan y con quien wasapean. No tenemos ni idea. No imaginamos la angustia de sentirse patito feo viendo continuamente cisnes en las redes. No sentimos el escrutinio del grupo al segundo en el móvil. No sufrimos —no recordamos— el vértigo de estar lleno de inseguridades mientras los demás te restriegan sus soberbias. Triunfa ahora la serie 13 Reasons Why, en la que una adolescente cuenta los motivos de su suicidio en 13 capítulos. Este puente, mi pava y sus íntimos se los han bebido a morro en mi casa mientras una les contemplaba muerta de amor y de miedo. ¿Dulces? Tremendos 16. Quién los pillara. Y qué descanso haberlos ya pasado.
Luis Sánchez Mellado, El país, 4 de mayo de 2017

Fascismo

   Lo peor de que te guste el fútbol es la gente a la que tienes que tratar. Tal vez a algunos la afirmación les suene muy fuerte, pero es porque no conocen a los hinchas futbolísticos o no tienen un hijo que practique ese deporte que se reduce a meter un balón en una red pero que mueve tanto dinero como el tráfico de armas o el de estupefacientes.
    Este martes me invitaron a ver en el estadio Bernabéu el partido de Champions entre los dos equipos de Madrid, con la mala suerte de que mis asientos estaban en la zona de los denominados radicales madridistas, antes llamados ultrasur (por cierto que la identificación entre radical y energúmeno nunca he logrado entenderla, pues radical es una palabra noble). Y, aunque conocía ya cómo se las gastan los radicales de los diferentes clubes, volví a mi casa sobrecogido por la violencia, la agresividad expresiva y verbal y el fascismo puro y duro que destilan esos grupos que se mueven como falanges macedonias portando símbolos y banderas y cantando himnos y canciones cargados de odio hacia los adversarios. Al compás del megáfono de un agitador, durante todo el partido estuvieron insultando a los hinchas atléticos (“paletos”, “perros”, eran los adjetivos más suaves) y haciéndoles peinetas o el signo de los cuernos con los dedos cada vez que Cristiano Ronaldo metía un gol. Mi compañero de asiento, un joven al que imaginas al día siguiente llevando a sus hijos al colegio y acudiendo a su trabajo bien vestido, me impresionó desde el primer momento por su mirada de odio, que la hinchazón de las venas del cuello acentuaba con cada insulto, y no era una excepción.
    Pero no hace falta ir al Santiago Bernabéu ni a cualquiera de los estadios de fútbol donde juegan los equipos de Primera para advertir la carga de odio y violencia que anida en muchos de los espectadores. Acompañar a un hijo a un partido de juveniles, incluso de infantiles o aún más pequeños, supone muy a menudo una actividad de riesgo, y hablo por experiencia, no por las imágenes que últimamente veo en la televisión. Por desgracia para los aficionados a ese deporte, que produce tanta belleza como emoción como simple espectáculo, la violencia en su entorno no es una excepción como los periodistas deportivos quieren hacernos creer (algunos de ellos echando también bilis por la boca) sino que es habitual en los campos de fútbol, desde los de profesionales hasta los de juveniles, donde hinchas y padres llenos de odio y desprecio hacia el oponente demuestran cada jornada que el fascismo sigue anidando en nosotros mucho más de lo que nos gustaría saber.
Julio Llamazares, El país, 6 de mayo de 2017

Se llama evolución

     Admiro la pasión que Maverick Viñales exhibe a lomos de su Yamaha en los circuitos de Moto GP, pero necesita un repaso de Historia.
     En la China milenaria existía la costumbre de vendar los pies de las niñas. Se llamaban pies de loto y eran muy admirados por los hombres, aunque absolutamente limitantes para sus propietarias. En la vieja Atenas a las mujeres, que recibían el delicado nombre de oikos, se las consideraba parte del hogar y no tenían condición de sujeto legal. Las romanas libres del triunfal Imperio —de las esclavas para qué hablar— no podían votar, ni ocupar cargos públicos; aunque si eran capaces de “hacerse las rubias” llegaban a influir decisivamente sobre poderosos maridos o hijos. Así actuaron, entre otras, la madre de Julio César o la esposa del emperador Trajano.
     En España el derecho al voto para las féminas se reconoció por primera vez en 1931 y lo revocó la dictadura franquista. Las mujeres bastante tenían con estar monas, ser complacientes esposas y madres devotas. Hasta 1976 las españolas necesitaban la autorización del marido para trabajar, y hasta 1978 no se despenalizó el adulterio. Qué feo eso de hartarse del marido y querer probar con otro. En 2017 la brecha salarial entre hombres y mujeres alcanzó el 23,25%.
   Sobre las paragüeras —esas guapas azafatas que llevan encima tantos logos como permite la escueta ropa que les obligan a ponerse— Viñales ha dicho que "si se ha hecho toda la vida, es raro que cambie". Querido posible padre de hijas a las que no querrás que miren como objetos: a los cambios se les llama evolución.
Maite Nieto, El pais,8 de mayo de 2017

martes, 4 de abril de 2017

Moderno

¿Han padecido ustedes alguna vez a esos fastidiosos predicadores —disculpen el pleonasmo— que atribuyen las deficiencias espirituales de nuestra época, su escasez de alma, ah, oh, al abuso de Internet o a la fijación con los smartphones?Pues consuélense, lamentos semejantes se han oído en todas las épocas, acusando a diversos y sucesivos inventos: la imprenta, la máquina de vapor, la bicicleta, la radio de galena, el ferrocarril, el bidet, la electricidad, la píldora anticonceptiva, la olla a presión... ¡Platón reprochó a la escritura la pérdida de memoria de los humanos, nobles guerreros han asegurado que desde que aparecieron las armas de fuego se acabó el coraje viril en el campo de batalla y Pol Pot fusilaba a los que llevaban gafas por reconocerlos como intelectuales contumaces! Es curioso que todos prefieran creer que son los avances tecnológicos los que corrompen al espíritu humano (como si fueran otra cosa que una de sus realizaciones más características) y disipan las virtudes, en lugar de aceptar que son nuestros tenaces vicios espirituales los que acaban pervirtiendo los inventos mas beneficiosos.
Los peores son esos beatos que pretenden alejar a los niños de las tecnotentaciones en vez de enseñarles a convertirlas en oportunidades geniales. Contra ellos, el ejemplo admirable de Roman, un niño inglés de cuatro años. Su madre sufrió un desvanecimiento grave y él activó el móvil con la huella del dedo de la mujer, llamó a Siri para pedir una ambulancia y luego a la policía para informar de lo ocurrido y de su dirección. ¡Salvada! Dicen que Roman es un héroe porque conservó la serenidad donde muchos la hubiéramos perdido, tomó la decisión eficaz y la puso en práctica con tino. Pero además es un héroe moderno, técnico, literalmente progresista. Gracias, Roman el bien llamado...
Fernando Savater, El país, 1 de abril de 2017

Condena

De Emanuel Swedenborg, al que Kant llamó “visionario”, cuenta Borges que “hablaba con los ángeles por las calles de Londres”. Aunque fue un científico notable (hizo los planos de un avión y un submarino, descubrió el funcionamiento de las glándulas endocrinas, lanzó la hipótesis de la formación nebulosa del Sistema Solar, etcétera...), su verdadera especialidad fue el Mas Allá, la posvida en el Cielo y el Infierno. Explicó que al comienzo los condenados no son conscientes de su muerte y creen que continúan en su esfera cotidiana: les rodean los muebles y utensilios familiares, los paisajes conocidos. Poco a poco, van produciéndose desapariciones —la butaca favorita, el piano, una ventana, las flores del jardín...— y luego surgen en lugar de lo desvanecido formas equivocadas o amenazadoras. Por fin se dan cuenta de que no están en casa sino en el Infierno y empieza su eterna condena.
Creo poder confirmar esta tesis de Swedenborg. Hace tiempo que las cosas de mi mundo se van difuminando, pierden sustancia. Los libros siguen presentes y tentadores, pero al abrirlos algo ha drenado su savia hasta dejarlos huecos, exánimes. Las películas nuevas son peores que las antiguas, las antiguas peores de lo que las recordaba: sentado ante el televisor con desasosiego ya no siento la expectativa feliz porque ahora nadie apoya sus pies en mi regazo. Se fue el disfrute... Y los sitios que recorrimos juntos están hoy cubiertos de sudarios, como esas sábanas que tapan las formas incómodas de los muebles en una casa abandonada. Los platos más sabrosos, crujientes, aromáticos... comienzan a deleitarme la boca pero luego adquieren insipidez y amargura de ceniza. Llega el infierno y se revela mi condena, la más atroz: creer que estoy vivo y que es ella la que ha muerto. Hoy hace ya dos años.
Fernando Savater, El país, 18 de marzo de 2017

martes, 14 de febrero de 2017

"A Líster, jefe en los ejércitos del Ebro", de Antonio Machado


Tu carta –oh noble corazón en vela,
Español indomable, puño fuerte-,
Tu carta, heroico Líster, me consuela,
De esta, que pesa en mí, carne de muerte.

Fragores en tu carta me han llegado
De lucha santa sobre el campo ibero;
También mi corazón ha despertado
Entre olores de pólvora y romero.

Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,

de monte a mar, esta palabra mía:
“Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría”.

Antonio Machado, junio de 1938

(Enrique Líster fue general del ejército republicano durante la Guerra Civil española)